martes, 24 de febrero de 2015

Rutina

Enciendo la PC, espero un tiempo cada vez más largo.
Abro el navegador. Automáticamente se abre la página de los marcadores y, por recomendación de Casciari, se abre una página extra con una entrada aleatoria de Wikipedia.
Abro el correo, twitter y facebook. Si puedo, leo la página aleatoria de Wikipedia. Ora sale un animal o planta desconocido, ora información de un deportista que en mi vida supe de su existencia. Desalojo lo no leído en el correo. Reviso las notificaciones del facebook. Veo twitter.
Cada vez más son esa caverna de gritos desaforados, ese ruido insoportable, atronador y truculento que es este pedazo de tierra de 200x100 km donde se parten a dentelladas Caín y Abel mientras los medios dicen que no se descarta que hayan sido pandilleros.

Y en los comentarios de esos medios aparece gente invocando un baño de sangre y fuego para el baño de sangre y fuego.

Pregunta el navegador que si quiero cerrar todas las ventanas.
Acepto.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Feliz Navidad

Para empezar, valga estas líneas para dejarles un saludo a todas y todos. En medio de la alegría de compartir con la familia, de recordar a quienes nos dejaron y alegrarnos por quienes han llegado a nuestra vida en este año, cabe siempre pensar un poco más. Cabe la oportunidad de compartir, de escuchar a la familia, de dar no solo regalos, si no la inmensa caricia de la atención, de la escucha, del interés por el otro. 

Hay quien hace drama porque justamente en la cena de hoy tenemos un espacio para ver a todos, porque tenemos la oportunidad de que los demás nos pregunten por nuestra vida, por lo que hacemos. Y nos incomoda. Y curiosamente venimos luego a internet a quejarnos de nuestra soledad. Es curioso. Y lo pongo con intención como "oportunidad", porque luego venimos a quejarnos de esas oportunidades perdidas. No falta quien nos comenta con amargura en las redes sociales que hasta que están lejos o las personas ya no están, se dan cuenta lo valioso que son estos momentos. 

En fin, es de aprovechar. Y es de aprovechar a pensar en el verdadero sentido de estos días. Más allá de los regalos, más allá de si hay o no que quemar pólvora. Entre tanto debate estéril que ha abundado en nuestra patria en estos días, me preguntaba qué nos diría Monseñor Romero sobre la Navidad. Encontré que Miguel Cavada Diez (QDDG), quien recopilara y editara las homilías de Monseñor Romero, recogía en este artículo de la Revista Carta a las iglesias, algunos pensamientos de Monseñor sobre estos días. Valga para compartirlos acá: 

Salvemos nuestra navidad
«Acerca de la celebración de la navidad, muchos cristianos están haciendo hoy precisamente lo contrario de lo que hicieron los cristianos de ayer. El cristianismo antiguo logró, con la celebración de la navidad, cristianizar la fiesta pagana del sol. En cambio el neopaganismo de los cristianos de hoy está logrando paganizar la navidad cristiana. Jesús no nació precisamente el 25 de diciembre. La liturgia cristiana señaló esa fecha para darle un sentido cristiano a la fiesta romana del ‘Sol invicto’; los paganos de aquel imperio celebraban como el nacimiento del sol en la noche más larga del año. Aquella medianoche era considerada como el punto de partida de la marcha del sol que comenzaba a dominar las tinieblas. Resultó fácil para los cristianos cambiar el sol por Jesucristo, y hacer coincidir litúrgicamente el nacimiento de Cristo, ‘sol de justicia’, con la celebración pagana del nacimiento de sol […]. Lástima que toda esa inspiración cristiana con que nuestra liturgia bautizó una festividad pagana haya sido traicionada por muchos cristianos que hoy entregan al paganismo aquella victoria espiritual. Porque no es otra cosa que una cobarde capitulación de los cristianos al hacer prevalecer sobre el sentido evangélico de la navidad los valores del comercio y de las alegrías mundanas» (Orientación, 17 de diciembre de 1978).

Sugerencias para navidad
«Ha comenzado a circular, como un torrente sanguíneo en el cuerpo de la sociedad, el incomparable saludo de esta temporada: ¡Feliz navidad! Feliz navidad no debe ser sólo una expresión rutinaria que, por repetirla demasiado, ha perdido la riqueza de su originalidad y de su mensaje […]. Tal vez contribuiría a inyectar nueva conciencia y eficacia al gastado saludo navideño si lo libráramos de la rutina y del convencionalismo; es decir, si en vez de ser tributarios de la costumbre y de la comercialización de la navidad, excitáramos entre nosotros la originalidad cristiana del gran misterio de Dios hecho hombre y la creatividad de nuestra fe para acompañar nuestros augurios navideños de acciones y gestos que realmente produjeran felicidad y paz a nuestro alrededor.
Cuánta mayor sería la felicidad que diéramos y recibiéramos, si en vez de gastar en tarjetas y hacer regalos costosos o baratos a quienes no los necesitan, orientáramos sabiamente esos gastos y dádivas a los verdaderamente necesitados. Y, mejor todavía, si, antes de promover fiestas, cenas y regalos de navidad entre trabajadores de las empresas y sectores pobres del pueblo, revisáramos a conciencia el cumplimiento de nuestros deberes de justicia cristiana para con toda esa gente, porque «no se debe dar como ayuda de caridad lo que ya se debe por razón de justicia» (Apostolicam actuositatem, 8). Estas acciones, inspiradas en la realidad de la vida y no en la mentira de las apariencias y conveniencias sociales, aunque sean pequeñas acciones y de cortos alcances, son las que, multiplicándose, contribuirían a traer la verdadera felicidad y paz que hemos perdido» (Orientación, 18 de diciembre de 1977).

Mi pensamiento pastoral en navidad
La navidad me ofrece la oportunidad de decir a ustedes que el Cristo de Belén es la síntesis divina de todo el Evangelio que tengo que predicar. Es la Palabra de Dios hecha encarnación y expresión humana, es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6); a partir de Belén los cristianos ya no podemos inventar otro Cristo ni otra doctrina liberadora que no sea la del auténtico Evangelio: el Evangelio de la pobreza y de la austeridad, el del desprendimiento y de la obediencia a la voluntad del Padre, el de la humildad y del camino hacia las bienaventuranzas y hacia la cruz. Un compromiso de nuestra vida con este mensaje vivo de Belén es la única manera de celebrar cristianamente la navidad. Otras maneras de celebrarla, sobre todo si es entre lujos y libertinajes, no honraría el amor de Dios que nos visita, sería cerrar los ojos al único camino de libertad y felicidad que se nos ofrece para salvación del mundo» (Orientación, 25 de diciembre de 1977)


Feliz navidad a todas y todos. Que Dios, vuelto ese frágil y necesitado niño pobre y de padres migrantes, les bendiga.


Víctor

domingo, 28 de septiembre de 2014

De impunidad y la fe.

A una niña de nueve años la violan y la matan. A la gente le duele, le indigna y espera que se haga algo. Por Dios, es una niña, DEBE hacerse algo. Pasan los años y nada ocurre. Los vicios y connivencias perversas de nuestros funcionarios del sector justicia se ponen una vez más en evidencia, con un caso emblemático. Uno de esos en que la gente dice: "bueno, por ser de tal clase, en este caso no harán trampas, no habrán tantas suciedades, tanta corrupción." Pero la hacen. Una vez más, ocurre que sale libre el que debe pagar. Y solo queda la justicia divina. Esa que no vemos, pero creemos que existe, por fe.

Y, si, la fe es poderosa y mueve montañas cuando se alinea y se pone a trabajar. 
Pero esos son otros diez pesos, dicen. 

Estoy seguro que usted y yo seguramente podemos contar, entre nuestros conocidos, al menos diez casos en los que hay un delito que ha quedado impune.  Y eso quizá sin contar las veces que quizá usted también ha sido víctima. Un robo, un asesinato, una violación, un abuso, amenazas, lesiones. Ponga usted sus dedos de la mano y vaya contando casos que sabe que ha vivido alguien a su alrededor. Asusta, ¿no?

Cuando cosas malas le pasan a gente que sabemos que ha hecho algo malo, nos alivia. Cuando se hace justicia, cuando se aparta de entre nosotros a quien ha hecho el mal, alivia. La justicia nos trae esa sensación de que algo va bien en el mundo, que algo funciona. Cuando esto no ocurre, cuando caso tras caso se acumulan grandes velos de oscuridad sobre nosotros, respirar se vuelve más pesado, el andar se hace más difícil. El miedo aparece. Y el miedo es una cosa jodida. Lo mismo paraliza que hace huir o hace enfrentar. Las más de las veces paraliza y hace huir.

Cuando hay impunidad en el ambiente, cuando esa impunidad es tan larga como la lista de víctimas de las diversas tragedias que ha vivido este pedazo de mundo desde su fundación hasta hoy - ojo, que la violencia armada es una tragedia - el miedo es cosa diaria. El miedo a ser uno más al que le pasa algo sin que nadie pueda hacer nada al respecto, el miedo que hace dar gracias a Dios a la gente porque sobrevivió un día más, el miedo que hace huir en medio de una madrugada dejando una casa y cosas atrás para intentar ir a sobrevivir a otro lado.

Y el miedo se puede atizar. Cuando uno está asustado, hasta la cosa más leve puede exacerbar la respuesta que ya está ahí. Y nuestros grupos de interés económico y político saben muy bien esto y lo usan de maravilla. La impunidad nos vuelve víctimas aparte de hacernos vivir con miedo de ser víctimas. De ahí que el caso de Katya Miranda y otros casos emblemáticos son importantes, porque cuando en ellos hay justicia abre una rendija de luz en medio de la tiniebla que amenaza con no cegarnos para siempre. Y ese rayo de esperanza bien vale una vida y muchas vidas, la tuya y la mía, invertidas en la gran lucha por la vida, por la paz, por la justicia y la solidaridad que es la fe suya y mía alineadas y puestas a trabajar.

Víctor

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Uno de fe y terquedad

Quiero creer.
Así de sencillo, siempre quiero creer.
Quiero pensar que es posible.
Quiero vencer mi recia armadura mental y sentir que se puede.
Que podemos.
Que vale verga, hay que probar.
Que lo peor que puede pasar es que no pueda, o me digan que no.
Es el ejercicio mental de vencer mi propio escepticismo, la marejada de dudas que llegan, la muy leve confianza.

En ese ir y venir se llega un primero de junio. Hemos votado meses atrás, pensando más que lo menos peor, es que elegimos aquello a lo que más fe pueda ponerse. A pesar de las dudas, a pesar de la desconfianza.

Se llega junio y el traspaso de mando. Pasan cien días, mil días, qué importa. Las cifras, ese fetiche de nuestros días, apuntan siempre cosas jodidas. La gente, azuzada por los gritos y la sangre sobreexpuesta es llevada al cauce a punta de despertar sentimentalismos y angustias encarnadas en las heridas aún abiertas. Gritan, dándose la espalda unos a otros. Sin reconocerse, desconfiando todos de todos.

Arriba, la buitresca, jalando de tendones y pellejos de una patria que aún no está muerta. En medio, los vociferantes, los que suben y bajan el volumen de los gritos según convenga.

Allí, en ese país es donde uno tiene que crecer la fe. Ahí es donde se debe construir. Ahí, justamente donde todos vamos tentando a oscuras, con la afilada daga en las manos.

Ahí se lucha, se cree, se cae y se vuelve a levantar, se construye y se ve caer todo a pedazos. Se sigue picando piedras con la fe de quien apunta a que un día habrá una catedral.

Ahí, arrojados a la barriga del monstruo, construimos. Ahí, donde todo muere, donde la fe la despedazan a dentelladas y luego hacen una fiesta de ello, seguimos adelante.

Aunque nadie mire el color con que manchamos las paredes. Aunque siempre nos quiten el volumen a nuestro grito de fe.

Aquí estamos.


domingo, 7 de septiembre de 2014

Del ruido

Unos días atrás hablaba con alguien del ruido. Ese molesto ruido alrededor de la realidad y del que he hablado otras veces. Un ruido que no te deja pensar y que te atosiga, te ahoga, te quita las ganas de hablar porque reina la insensatez, la mediocridad de opinión y la peor mediocridad interpretativa. Termina cayendo uno en el silencio elegido, en la opción de callar y observar, sabiendo que en la vorágine casi nadie se detiene ya a pensar, que casi nadie quiere escuchar algo que no sea su propia desesperación - muchas veces creada -, que nadie quiere entender, que solo quieren la píldora mágica que vuelva todo como en la publicidad que inunda las mentes de vidas plenas y pulcras, trópicos sin calor que atosiga, amores que no duelen y crisis que se superan a punta de conspiraciones universales de color de rosa.

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Luego pasa lo que pasa. En nuestra cara todo se cae a pedazos y los destructores se ríen mientras juegan con los pedacitos que apenas se habían construido. Y toca ver cómo, entre el ruido, entre la suciedad, adonde parece que nada crece, es menester intentar sembrar, abonar, tirar agua, sacudir el polvo. Algo.